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La fe cristiana

TEMA 4:Estad siempre dispuestos a dar razón de vuestra esperanza” (1Pe 3, 14). La fe cristiana y su eclesialidad. La razonabilidad de la fe y la jerarquía de verdades en su contenido.

¿Porqué crees en la fe Cristiana? Si alguien te pregunta a que te sirve tu fe cristiana, ¿qué dirías tú? ¿Qué es la fe cristiana? La fe Cristiana es fundamentalmente realidad humana.  La fe es un reconocimiento y aceptación de una persona, que se funda en el conocimiento del otro. Es un acto personal de confianza en el otro. Decir “yo creo en ti” supone reconocer y aceptar a esa persona, participar de su persona y de su vida. La fe es una relación interpersonal, un encuentro que nos abre la posibilidad del conocimiento personal si la misma persona se revela y da a conocer su interioridad.

La fe religiosa es la fe personal ante la pregunta por el sentido. La fe humana busca realizarse de forma plena, es decir, superar los límites, deficiencias e infidelidades y realizarse de forma incondicional y definitiva. Pero esta plenitud de la fe humana no es posible con otros hombres, sino que sólo se encuentra con un Tú trascendente, sin los límites y deficiencias que asedian a la fe interhumana. La fe religiosa tiene así una dimensión dialógica-personal, de relación entre Dios y el hombre. Pero también la fe religiosa tiene una dimensión de totalidad, es decir, que Dios es, al mismo tiempo, la realidad que fundamenta y da sentido a la totalidad de lo real. 

La fe cristiana es un encuentro personal con Dios en Jesucristo. La fe en Dios es un encuentro, una relación del hombre con Dios. La fe religiosa es una respuesta confiada del hombre, que se da a Dios en el encuentro existencial con él. 


En el ANTIGUO TESTAMENTO, vemos como Israel presenta su fe. Israel presenta su fe no como un sistema de enunciados teóricos sobre Dios sino como un relato historico. No es una fe meramente fiducial (Dt 26, 5-10). Las confesiones de fe del Antiguo Testamento va siendo reinterpretadas y reformuladas a la luz de las nuevas experiencias históricas. 


En el NUEVO TESTAMENTO, esta revelación de Dios alcanza en Jesucristo que será el culmen para el cristianismo. Por lo que lo específico de la fe cristiana consiste en creer en la persona de Jesús, el Cristo y seguirle. Jesucristo, él es la revelación definitiva de Dios. En la carta a los Romanos (Rom 1, 16-5,11) Pablo nos exhorta a vivir desde la fe en Jesucristo pues en él tenemos la salvación y en él somos justificados en Dios.

El contenido fundamental del mensaje de Jesús es EL REINO DE DIOS, como la salvación en el centro de la vida. Tras la Pascua, se hace explicita la dimensión cristológica y el Reino de Dios se hace presente en Jesucristo resucitado. El CONTENIDO NUCLEAR DE LA FE ES UNA PERSONA, SU OBRA Y SU DESTINO. Ya en el AT y NT encontramos formulaciones de fe. Exigen el creyente una opción clara y sin ambigüedades. estas profesiones de fe son plurales y se adaptan a las situaciones históricas. Todas ellas tienen un nucleo comun: LA ACCIÓN SALVADORA DE DIOS POR LA PERSONA E HISTORIA DE JESUCRISTO.


La fe cristiana es la respuesta humana a la llamada de Dios, a su revelación  en Jesucristo. Esta fe se vive en la comunidad, en la Iglesia y su contenido es tan importante que necesita de una jerarquía de verdades. La fe cristiana tiene su dimensión personal, doctrinal, y eclesiológico.  La fe cristiana es la realización existencial del hombre. El acto de fe del hombre es una decisión que se puede justificar razonablemente, pero hay que reconocer que el paso definitivo de la fe es siempre un riesgo, pues no está basada en una seguridad absoluta. La fe en Dios es clave para que el ser humano se realice en su existencia. La vida de comunidad con Dios, es el lugar donde el hombre llega a su autenticidad y alcanza su humanidad verdadera.

La dimensión personal de la fe es el acto de fe, la “fides qua creditur” (la fe que se cree) y la dimensión doctrinal de la fe es el contenido de la fe, la “fides quae creditur” (la fe que es creída). En la fe cristiana el acto y su contenido están relacionados mutuamente: La fe cristiana es un acto personal, una relación personal, un entregarse al Tú de Dios para encontrarse con ella, conocerla, participar de su ser, de su vida y su amor. Esta dimensión personal de la fe se expresa en la fórmula “yo creo en ti”. Y concretamente, el cristiano cree en Dios que ha pronunciado su última palabra en Jesús, el Cristo.

La fe cristiana también supone la aceptación de unos determinados contenidos, sin los cuales la fe quedaría vacía y la transcendencia sería anónima. La fe cristiana, radicalmente personal, se articula en determinados contenidos y formulaciones concretas. Esta dimensión doctrinal implica el seguimiento de Jesucristo, es decir, que ésta dimensión doctrinal no sólo consiste en la aceptación de unas verdades o contenidos de fe, sino que también implica la aceptación y vivencia de una praxis.

También la fe tiene una dimensión comunitaria. Nuestra fe en Jesús esta mediada por el testimonio y la fe de los apóstoles transmitida por la Iglesia a lo largo de la historia que nos lo comenta el libro de los hechos de los apóstoles (Hch 2, 38. 42; 3, 16; 8, 36; 9, 13; 13, 17. 48; 14, 9; 20, 22. 27; 21, 21). La Iglesia es así intermediaria de la fe y portadora de la revelación. La revelación de Dios acontecida en Cristo llega a los hombres por la mediación de la comunidad de fe y el hombre sólo puede encontrar a Cristo en el testimonio de la Iglesia en cuanto testimonio de la revelación de Dios en Cristo. La fe cristiana es, desde el principio, fe eclesialmente transmitida. La Iglesia es así una institución o estructura que posibilita la fe cristiana. La Iglesia es el símbolo de la salvación de Dios en la historia.

LA RAZONABILIDAD DE LA FE. La fe como experiencia de vida es un don de Dios y un acto del hombre. Pero ¿por qué creo en Dios? ¿Por qué quiero a mi amigo? ¿Por qué me he casado con esta mujer? Estas y otras preguntas de nuestra vida no tienen una respuesta simple. Ni el amor, ni la amistad, ni la fe en Dios se pueden demostrar. No tenemos “pruebas”, en el sentido estricto de la palabra, sino que en esas experiencias manejamos signos e intuiciones, que han de ser interpretados responsablemente. En la amistad o en el amor, en la fe, nos decidimos por alguien porque tenemos razones. Pero esas razones no desembocan en una conclusión racional, sino en una decisión razonable. La cuestión sobre la existencia de Dios no es una cuestión banal. Las argumentaciones más que en demostrar que Dios existe, está en mostrar hasta qué punto Dios es creíble y ver que ésta fe vale la pena.

La razonabilidad de la fe es posible mostrarla mediante la argumentación convergente porque sostiene mi decisión de creer, sabiendo que siempre es, ante todo, gracia. Porque expresa hacia fuera la coherencia razonable de mi decisión y porque da respuesta a la pregunta del “porqué” de mi fe. La argumentación convergente es un proceso interior por el cual la persona, en libertad y movido por el interés hacia una persona, una tarea o una misión, va tomando conciencia de que en su historia y existencia han ido convergiendo razones, motivos, vivencias, experiencias en una dirección determinada, creando en cierto momento la base sólida o el fundamento para una decisión libre, razonable, coherente y responsable sobre un asunto de importancia vital para él. La confesión de Dios es una elección, un acto de libertad y, acto de libertad que libera. Así por ejemplo la existencia de no creyentes (o ateos-libremente eligen no creer en Dios) debe hacerme experimentar que mi fe es libre, por ello la fe debe-es el mayor ejercicio de la libertad. Además los no creyentes me piden que le muestre y le pruebe con hechos en qué Dios creo. Igualmente los no creyentes me revelan que en mí hay algo de incrédulo, ellos se preguntan en relación a la existencia de Dios ¿y si fuera verdad? En todo hombre se da la duda y la fe. La duda y la fe hacen honor a dos dimensiones que existen en el hombre. A su manera hacen también honor a Dios. Por ello la grandeza de Dios consiste en haber creado un ser que pueda decirle sí o no. O sea, esta argumentación se basa en el proceso personal que ha vivido el creyente.

LA JERARQUÍA DE VERDADES EN EL CONTENIDO DE LA FE. ¿Es posible creer la totalidad del contenido material de la fe? Esta cuestión ha sido planteada por algunos teólogos. Se trata de la posibilidad de expresar la totalidad material de la fe tanto en la vivencia personal del creyente como en la enseñanza doctrinal. A este respecto el Vaticano II, en relación al diálogo ecuménico nos dice: “... existe un orden o jerarquía de las verdades de la doctrina católica,... todas son verdades de fe, pero tiene un distinto peso en relación con el fundamento de la fe cristiana, y por tanto, una importancia diversa en la existencia concreta de los creyentes y de la Iglesia”. (Unitatis redintegratio 11). Todas las doctrinas son verdaderas, pero no todas son igualmente importantes.

El  “Hierarchia veritatum” del Vaticano II, cf Decreto sobre ecumenismo nº 11, se aparta de la idea cuantitativa en el ámbito de la fe y de la doctrina, y la sustituye por la idea de proporción entre las verdades de fe. La jerarquía de verdades decide sobre la estructura. Estas son todas verdaderas, pero tienen distinto peso en relación con el fundamento de la fe cristiana, y por tanto una importancia diversa en la existencia concreta de los creyentes y de la Iglesia. 

Según la jerarquía de verdades “las verdades no deben ser solamente contadas, sino sopesadas”. La jerarquía de verdades no es, por tanto, un principio de selección, sino un principio hermenéutico. Trata de considerar e interpretar cada verdad en su relación con el conjunto y con el centro cristológico y trinitario de la fe. De aquí surge una diferenciación entre las verdades de fe según sean expresiones del núcleo de la fe o desarrollos legítimos de ese núcleo a lo largo de la historia. Así podemos hablar de la importancia diversa de los contenidos individuales de la fe en relación a la salvación del hombre. La orientación al núcleo cristológico y trinitario de la fe consigue en la comprensión de la fe una recta proporción. La integridad no es negada, pero se la libera de la concepción cuantitativa que es inadecuada.

La integridad material en la fe y en la doctrina se hace problemática porque no resulta posible el tener siempre presente de forma consciente todos los contenidos concretos de la fe ni el vivir existencialmente la fe con todas sus doctrinas particulares. La fe tiene de hecho e históricamente acentuaciones. Esto es legítimo siempre que no se mutile la fe, ni se niegue ni se discuta la existencia de aspectos concretos no acentuados. Solamente se pondrá en peligro la integridad de la fe cuando determinados contenidos sean expresamente discutidos o negados.

Quien hace de la exigencia de la integridad material el decisivo o incluso único principio de la verdadera fe, está en peligro de reducir la totalidad de la fe, como acto y contenido, como “fides qua” y “fides quae” y de limitar la “fides quae” a una suma de doctrinas controlables en forma de sistemas. Fe es el seguimiento de Cristo en la realización de la vida, la praxis.

Pero la historia de la fe no puede ser olvidada, y tampoco se puede actuar como si el presente no dependiera de esa historia. En caso contrario se pensaría de forma no histórica y se atacaría al auténtico principio de la integridad de la fe. Este principio ha de ser considerado en el contexto de la dimensión peregrina de la fe, en el contexto de la finitud y de la perspectiva, en el contexto de aquella integridad y totalidad que determina a la fe como acto y como realización, como praxis y seguimiento.

La fe cristiana no se presenta como una ideología que tiende a imponerse de manera intolerante a los demás. Su pretensión de ser la verdad para el hombre se ofrece como respuesta a todo el que pregunta por el sentido de la esperanza cristiana. Esto exige una gran sinceridad intelectual con uno mismo y con el otro. En la cita que nos presenta la primera carta de Pedro se nos expone la capacidad de respuesta que tiene la fe cristiana. “Estad siempre dispuestos a dar razón de vuestra esperanza” (1Pe3,14). Esta es una de las grandes certezas que los cristianos tenemos ante un mundo increyente y a la vez deseoso de encontrar las respuestas a las grandes preguntas que se plantea el hombre.

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